Yoga en la Cárcel (Primera Parte)

“Traté de mostrarles el camino que lleva hacia la Libertad Interior. A pesar de estar preso el cuerpo, nadie puede apresar nuestra Alma, excepto nosotros mismos.”

Si bien conocí a Mataji Indra Devi en 1982, gracias a la estrecha relación que ella tenía con mi mujer Iana, me encontré realmente con ella por primera vez en Uruguay, durante una visita que realizamos junto a Aldo Sessa a la cárcel de San Carlos. A partir de ese día mi vida cambió: comencé a practicar Yoga regularmente, organizar encuentros y seminarios en los cuales mi maestra era el eje central.

Una invitación muy especial

A fines de marzo de 1993, recibí una invitación del Penal de Mujeres de Ezeiza, en la provincia de Buenos Aires, para dar una charla introductoria sobre Yoga. La iniciativa había nacido de la cantante María José Cantilo, quien estaba cumpliendo una condena por drogas. Si bien yo no la conocía, ella había tenido contacto con Mataji y se sentía motivada por aquel recuerdo.
Como Indra Devi no estaba en el país, una calurosa tarde de marzo me dirigí solo al penal. Cuando llegué, me sorprendió encontrar el lugar tan abierto, rodeado de verde y pleno de sol. En la puerta me estaba esperando la señora Elsa Spiesser, la persona con quien había acordado la visita.

Ya dentro del edificio y después de pasar dos portones de control, llegamos a la oficina del Departamento Educativo. Allí me atendieron con mucho respeto y me informaron sobre dónde, cómo y quiénes participarían en la clase. La actividad era voluntaria; es decir que nadie tenía obligación de asistir.

Lo que el Yoga puede aportar

Me reuní con las interesadas en participar en un salón muy grande, con mesas y bancos fijos alrededor. El lugar era un poco oscuro, comparado con la luminosidad exterior. En las muchachas se notaba mucha expectativa, y en el ambiente reinaban el bullicio y cierta tensión. Unas sesenta participantes querían saber de qué se trataba esto del Yoga. La mayoría de ellas nunca había participado de nada similar; algunas pensaban que era una clase de gimnasia, otras, que yo iba a hablar de alguna nueva religión. También estaban las que venían por simple curiosidad, sólo para pasar el rato.

Comencé con los conceptos más elementales: la respiración, las posturas, la relajación, la concentración y la meditación. Después de los primeros minutos en los cuales lentamente se fue cortando el hielo, fuimos entrando en un fluido intercambio. Se las veía ansiosas por preguntar, participar, saber y -por sobre todas las cosas- sentirse escuchadas, respetadas y tratadas como personas.

La práctica no tardó en llegar. Trabajamos con ejercicios respiratorios, realizados de pie, y también algunos trabajos para aflojar el cuerpo. La mayor parte de ellas estaban internadas por causas relacionadas con las drogas. Sus edades eran muy dispares: había desde adolescentes hasta señoras muy mayores, casi abuelas. Había entre ellas también algunas embarazadas.

Una de ellas, Marta M., de nacionalidad boliviana, que había estudiado danzas durante su infancia, desde entonces practica Yoga todos los días y me escribe regularmente.
Poco a poco nos fuimos poniendo en movimiento, y aquello que parecía que nunca alcanzaría un ritmo armonioso, se fue logrando. De manera casi imperceptible llegamos a las ásanas y al relajamiento. Nos sentamos con las piernas cruzadas, en posición de Loto o como cada una podía, y pudimos percibir internamente la Paz al tomarnos de las manos: nos dimos cuenta de que a nuestro lado había alguien a quien quizás no conocíamos y que estaba dispuesto a ayudarnos.

El OM SHANTI (Amor y Paz) fue nuestro mantra de comunión final. Luego un profundo silencio se hizo presente. Por mi parte, deseé que aquella experiencia no se terminara, mientras sentía que una puerta se abría en mi interior.

Cuando finalizó nuestro encuentro, nos unimos en un afectuoso y respetuoso abrazo. Un nuevo camino descubrí ese día, camino que aún transito.

Epílogo: Volviendo hacia Buenos Aires mi corazón rebosaba de felicidad; la alegría se trasformó en lágrimas y le agradecí a Dios la oportunidad de poder servir, dar y compartir lo poco o mucho que tenía. Estas visitas se volvieron a realizar, mes a mes, hasta mediados de junio del 2001.

David Lifar